De las cuatro localidades que había en la bahía (Orereta, Elizalde, Altzibar e Iturriotz) Errenteria era la única costera, la única con acceso al mar. Numerosas familias se afincaron en sus tierras y gracias a su carácter constructivo, supieron explotar las ventajas que les ofrecía el río, comenzando a trabajar en la industria de la mar y en el sector de la ferrería.

En 1320 el rey de Castilla concedió al pueblo una Carta de Fundación. En aquella época, se cobraban impuestos de las mercancías marinas, llamadas rentas, y de ahí que la gente empezase a llamar a la localidad Errenteria. El pueblo se fue ampliando en uno de los lugares más tranquilos y protegidos del puerto. Errenteria tenía puerto y lonjas; y, en gran medida, el pueblo evolucionó ligado al mar. Gracias a las lonjas, Errenteria sacó buen partido de la importancia que tenía la bahía para el comercio marítimo. Lo cierto es que la localidad tenía derecho a cobrar cierta cantidad por cada mercancía que llegaba al puerto o salía de él.

En Errenteria vivía gente relacionada con la navegación y, por ello, se implantaron cinco astilleros repartidos en la orilla y en la bahía del río Oiartzun. Construían barcos de alrededor de 800 toneladas y llegaron a tener a 200 hombres trabajando en ellos. En materia de construcción naval, entre 1590-1730 Errenteria fue uno de los lugares más importantes del País Vasco.

Los privilegios concedidos por el rey de España a Donostia – San Sebastián debilitaron el sector.

Además de esto, el río Oiartzun comenzó a embarrarse y la gente arrojaba basura a él. Por otro lado, fueron varios los barcos que se hundieron y todo ello provocó que las aguas del puerto fuesen cada vez menos profundas.

El puerto se fue secando y el mar quedaba cada vez más lejos. Errenteria fue y sigue siendo #PuertoDeEncuentro. Siendo una localidad a orillas del mar, todo aquello que trae el mar forma parte de su identidad y eso queda reflejado en el ADN de los y las errenteriarras.